La ansiedad: historia de la enfermedad mental más común

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  Las personas que sufren de ansiedad saben que es horrible padecer un ataque de pánico, así que antes de entrar en materia, hagamos un expe...

 

Las personas que sufren de ansiedad saben que es horrible padecer un ataque de pánico, así que antes de entrar en materia, hagamos un experimento con quienes no saben lo que es, cómo sucede y cómo se siente.

Comienza a respirar muy profundamente y muy rápido. Hazlo por lo menos durante treinta segundos, y asegúrate de que cada respiración es muy profunda y muy rápida.

Mientras lo haces, comenzarás a notar que empiezas a sentir frío, que tu visión se encoge y que verás ligeramente borroso. Luego empezarás a sentir un hormigueo en varias partes del cuerpo que se sentirán como agujas en la piel, pero al mismo tiempo sentirás calor y sudarás como si estuvieras en un baño de vapor. Aunque estés respirando, sentirás que te falta el aire, tu mente dejará de procesar pensamientos lógicos y te invadirá la sensación de querer salir corriendo de donde estás.

Eso es más o menos lo que siente alguien víctima de un ataque de pánico. Y ahora imagínate que todo eso te sucede de repente, de forma incontrolable, sin importar si estás en tu trabajo, en una reunión, en una fiesta o con tu pareja.

¿Verdad que es aterrador?

Un ataque de pánico es una forma de ansiedad muy intensa, y de ninguna manera es un fenómeno universal. La ansiedad es la enfermedad mental más común, pues el 30 % de los humanos está destinado a sufrir de ansiedad. Es muy probable que alguien que estés viendo en este momento tenga ansiedad.

Por eso, en el podcast de @elreportero, hablaremos sobre el por qué tantas personas se sienten así, y qué es lo que podemos hacer ante esto.

Ahora pongámonos en el lugar de un jabalí, un animal que claramente no está metido en la ansiedad que sufrimos los humanos diariamente. La única ansiedad que puede sentir este animalito sería ver a un león cerca de él. En ese momento su amígdala, el centro emocional del cerebro, ve al león como una amenaza. Eso activa la liberación de adrenalina en el cuerpo que prepara el cuerpo para enfrentar la amenaza y luchar, o para huir. El corazón y la respiración del jabalí se aceleran, los conductos pulmonares se expanden y los vasos sanguíneos se dilatan para enviar suficiente oxígeno a los músculos para huir, los cuales se tensan para la acción, las pupilas se dilatan para ver mejor, por lo que su visión periférica se encoge para enfocarse en el león frente a él, y casi todos los demás sistemas se apagan. Obviamente su cuerpo no se va a dedicar a digerir el desayuno y mucho menos a preocuparse por reproducirse. Por eso el jabalí ya no genera saliva ni digiere comida, la sangre no fluye al estómago ni a la piel, y los nervios de la excitación se desactivan. En este caso, la ansiedad se adaptó a la perfección como una emoción útil para hacer que el jabalí escape con vida de esa situación.

Obviamente nosotros somos muchísimo más complejos que un jabalí, y tenemos otro tipo de preocupaciones. Somos inteligentes y podemos movilizar la misma fisiología del jabalí pensando en otras cosas, como la deuda del coche que nos acabamos de echar encima, o la amenaza de quedarnos sin trabajo, o la falta de dinero para completar el gasto... Lo esencial en esos casos es que estamos llenos de miedo, estamos llenos de angustia y ansiedad, y lo que hace el cuerpo es usar cada adaptación perfecta para enviar energía a los músculos y que escapemos de esa situación.

No se puede luchar o huir de los impuestos o el tráfico, pero el cuerpo responde como lo hace un jabalí que ve a un león. Piensa en los síntomas del jabalí y ponlos junto a los del estrés: corazón acelerado, músculos tensos, dolores de estómago, sensación de hormigueo, boca seca, no querer o poder tener sexo. Todos prácticamente iguales.

La amígdala de los humanos con ansiedad severa es muy sensible, e identifica amenazas en situaciones cotidianas, activando un torrente de adrenalina como una auténtica reacción en cadena. Por eso es que las personas con ansiedad clínica ven el mundo de otro modo, no tienen posibilidad de razonar para dejar de sentirse así porque la parte lógica del cerebro, la corteza prefrontal, es incapaz de controlar la amígdala, por lo que en muchas ocasiones la ansiedad puede acumularse y convertirse en una crisis total que se dispara en el peor momento y en las peores circunstancias, y cuando la ansiedad interfiere en la vida cotidiana, entonces se convierte en un trastorno de ansiedad.

Los cuatro tipos de trastornos de ansiedad se agrupan por los miedos que involucran.

Los miedos catastróficos son la creencia de que algo muy malo va a pasar, y allí se incluyen la ansiedad por separación, que es un miedo excesivo a alejarse de los seres queridos, y los miedos específicos o las fobias, como lo pueden ser la aracnofobia (que es el miedo a las arañas), la glosofobia (que es el miedo a hablar en público), la ofidiofobia (miedo a las serpientes).

El Miedo a ser evaluado tiene su propia clasificación en los trastornos de ansiedad y es el sello distintivo de la ansiedad social, pues es el trastorno de ansiedad más común, y que está ligado íntimamente al miedo persistente y debilitante a ser observado y juzgado. En este apartado también está el mutismo selectivo, que es la incapacidad de poder hablar en ciertas situaciones.

Otra de las cuatro clasificaciones en los trastornos de ansiedad es el miedo a perder el control, que es una gran parte del trastorno de pánico y que se genera por el temor a la pérdida de control como consecuencia del ataque de pánico.

La agorafobia (que es el miedo a los lugares muy concurridos) lleva esto al extremo, y quienes lo sufren evitan los lugares públicos que desencadenan sus ataques.

Y en cuarto lugar en los tipos de trastornos de ansiedad está el miedo a la incertidumbre, y muchísimas personas están aquí por ese incontrolable temor de no saber qué es lo que va a pasar, y aquí se incluyen los llamados Trastorno de Ansiedad Generalizada y el Trastorno Obsesivo Compulsivo, y todos lo conocen como T-O-C, que es la obsesión por impulsos y pensamientos. Todos tenemos pensamientos raros, del estilo como "la forma de ese árbol es sexy" y luego pensar para uno mismo "ah caramba, qué raro es eso que acabo de pensar" y luego lo olvidas, pero resulta que las personas que tienen TOC se dice "Qué raro haber pensado eso" y luego lo convierten en un bucle interminable que los angustia por haber pensado eso y comienzan a evitar ver los árboles por miedo a volver a pensar eso.

El TOC es famoso por sus rituales: contar objetos varias veces, revisar cerraduras, lavarse las manos constantemente sin razón alguna o aparente, o apretar las manos un número específico de veces, y se hace por miedo a que algo malo pase si no se cumple con el ritual.

¿De dónde vienen estos trastornos de ansiedad? Bueno, algunos son heredados. Si tenemos un padre con ansiedad, es más probable que la padezcamos, y las mujeres tienen el doble de probabilidades de sufrir de ansiedad.

La ansiedad también se relaciona con el nivel de químicos en el cerebro. Probablemente, el más famoso sea la serotonina, y se cree que quienes sufren ansiedad tienen muy poca serotonina, el mismo desequilibrio que, según algunos, causa la depresión.

Esa sopa química desordenada en el cerebro es solo el comienzo, porque la ansiedad también puede generarse por experiencias traumáticas, y es que el cerebro es una máquina de asociación, conecta las cosas y eso en general puede ser muy bueno para la sobrevivencia. Por ejemplo, si somos de nuevo jabalíes y nos ataca un león que saltó de un arbusto, ahora asociaremos ese arbusto con miedo y empezaremos a evitar cerca de arbustos para mantenernos con vida.

Si, como humanos, pasamos nuestros primeros años viendo que abusan físicamente de un ser querido, nos echan a la calle, crecemos como refugiados con bombardeos alrededor, seremos en nuestra vida adulta otro primate cuyo cerebro aprendió a tener una vida en alerta.

En 1920 se realizó el experimento llamado El Pequeño Albert, en el que los científicos fueron capaces de generarle una fobia a un bebé de diez meses acercándole una rata blanca y haciendo sonar un pedazo de metal que sonaba horrible cada vez que se aproximaba el inocente animalito. Cuando el bebé comenzó a asociar el sonido metálico con la cosita blanca y suave que se le acercaba, desarrolló miedo a todo lo que tuviera pelos, incluyendo conejos, almohadas peludas y hasta a una máscara de Santa Claus.

Las personas con ansiedad hacen el mismo tipo de asociación a la que fue sometido el Pequeño Albert, y así vinculan objetos o situaciones inofensivas con miedos y terrores primitivos. Mucha gente recuerda en los setentas el miedo que muchísimas personas desarrollaron con el agua tras ver la película Tiburón, y hasta la fecha, hay quienes les es imposible siquiera aprender a nadar porque recuerdan las terroríficas escenas asociadas con el mar.

Evidentemente, con el exponencial crecimiento de los problemas de ansiedad, los productos para controlarla se han vuelto populares, y así nos encontramos con pelotitas y resortes para apretarlos cuando nos sentimos ansiosos, y que las prescripciones de benzodiazepina se incrementan, además de que las búsquedas sobre cómo aliviar la ansiedad en Google van en aumento. Y esto sucede ahora con más frecuencia debido a que las generaciones más jóvenes no estigmatizan ni rechazan como antes el buscar ayuda profesional.

Por supuesto, es un tema que se discute cada vez más en los medios de comunicación. Se ha escrito y hablado mucho sobre la epidemia de la ansiedad, y sigue apareciendo un culpable en particular. Las redes sociales pueden causar más ansiedad.

Las redes sociales aumentan la ansiedad y depresión... No lo niegues.... Revisas facebook, Twitter, Instagram, los estados de Whatsapp y ves la vida maravillosa de los demás. Alguien susceptible de ansiedad podría sufrirla más en esa situación.

Las redes sociales están hechas para retener la atención, y quienes las administran saben que generar ansiedad en los usuarios es una de las mejores formas de mantenerlos atentos a ellas. Esa es la razón por la que los adolescentes que pasan horas viendo sus pantallas tienen más probabilidades de ser diagnosticados con ansiedad. Se ha detectado también que quienes pasan más tiempo en las redes se sienten más aislados, lo que puede empeorar los síntomas de la ansiedad.

Pero aún con esos datos, aún no queda claro a los especialistas si la gente ansiosa y solitaria es atraída de forma natural a sus pantallas, o si las redes sociales son las verdaderas culpables de que esté aumentando la ansiedad.

Es difícil saber si la ansiedad clínica ha aumentado, porque el modo en que la definimos y la estudiamos sigue cambiando, y si analizamos lo comunes que son los trastornos de ansiedad, los índices no han cambiado.

Además, no es la primera vez que se piensa que vivimos una epidemia de ansiedad.

En la Inglaterra de la era victoriana, todos estaban ansiosos por la expansión de las ciudades, por el abismo entre los ricos y los pobres, y las nuevas tecnologías. En esa época muchos estudiosos afirmaron que el invento del telégrafo inalámbrico era una amenaza para las interacciones humanas.

Para tranquilizarse, los estresados victorianos a veces recurrían al láudano, una mezcla de alcohol y opio, mientras que del otro lado del mundo, a las mujeres inquietas se les prescribía descansar, y a veces pasar ocho semanas en cama.

Luego de la Segunda Guerra Mundial, hubo otra época de crecimiento y cambio con su alta dosis de ansiedad. Y resulta que un refugiado de esa guerra, el químico Frank Berger, descubrió un componente que calmaba a las ratas sin dormirlas. Para 1955, ese tranquilizante se comercializaba como "Miltown" y rápidamente se convirtió en el medicamento más vendido en EE. UU.

Lamentablemente, la ansiedad ha sido una de las enfermedades mentales menos atendidas y comprendidas, y la prueba de ello es que poco menos del diez por ciento de la población mundial que sufre de ansiedad reciben un tratamiento adecuado, y el noventa por ciento restante se las ingenian para intentar superarla a solas.

Algunos beben para relajarse, pero el alcohol puede empeorar la ansiedad a corto y largo plazo. Otros consumen marihuana, y allí hay resultados mixtos. Un compuesto de la marihuana, el THC, puede aumentar el ritmo cardíaco y hacer sentir más ansiedad, Pero la evidencia inicial dice que otro compuesto, el CBD, sí ayuda, al menos a corto plazo.

También está el ejercicio, que atiende a la respuesta corporal de alerta que tensa los músculos preparándolos para la huida. Dicho de otra forma, baja el nivel de alerta y estrés porque cierra el círculo de respuesta química.

Por supuesto, también hay medicamentos contra la ansiedad, como la benzodiazepina, que nos hace más sensibles a un sedante natural del cerebro, y los antidepresivos, que equilibran los niveles de serotonina. El problema con esto es que encontrar el equilibrio medicamentoso para controlar la ansiedad es usualmente un camino largo, difícil y costoso.

En 2015, se revisaron 234 estudios y compararon los efectos de no hacer nada, hacer ejercicio, meterse píldoras de placebo, hacer terapia, hacer meditación consciente y tomar medicamentos, y se descubrió que lo más efectivo es una combinación de medicamentos y terapia.

Una de las terapias más populares es la terapia cognitivo-conductual, conocida con el acrónimo TCC, para alterar pensamientos y patrones conductuales negativos, y para el caso de los pacientes con ansiedad, se utiliza una técnica específica del TCC que se llama Terapia de Exposición.

Esta terapia consiste en crear escenarios que activan los miedos de quienes sufren ansiedad hasta llegar a un punto en que aprenden que pueden controlar estos pensamientos, hasta que las asociaciones que provocan esos temores empiezan a derrumbarse.

Dicho de otra forma, las personas se exponen constantemente justo a los mecanismos que disparan sus miedos, y así, poco a poco, van descubriendo que esos sucesos no los matan ni les hacen daño, que ya nada empeora y que aún así están bien.

La ansiedad no se cura ni se quita. Eso es un mito. El asunto es experimentar la ansiedad desde un ámbito controlado para aprender a manejarla y, eventualmente, controlarla, en vez de que ella nos controle a nosotros.

No se trata de deshacernos de la ansiedad, sino de tener las bases biológicas racionales y reales que activan nuestros sistemas de alerta para aprender a dejar de huir de esas situaciones.

También se requiere que las personas que nos rodean nos ofrezcan un poco de comprensión, pero eso se logra comunicándoles que tenemos un problema de ansiedad y que necesitamos de su ayuda para superarlo. Acudir con un especialista siempre es la mejor solución, y hacerlo no significa en ningún momento que "estemos locos". Por el contrario, quien busca ayuda es verdaderamente fuerte, porque tiene la capacidad y la madurez no sólo para reconocer que tiene un problema, sino que hace algo para solucionarlo.

La ansiedad, al final de cuentas, no es algo malo. Es algo que, con paciencia, honestidad y ayuda de quienes nos quieren, podremos aprender a controlar para disfrutar de la vida.

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La ansiedad: historia de la enfermedad mental más común
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